Solos

Cientos de miles de años de soledad, de contemplar el abismo infinito y preguntarse: ¿nadie más en el universo? Tan pronto dominaron el arte de viajar en el tiempo, se empeñaron en la búsqueda de otras formas de vida inteligente. “Otras formas”: la expresión no podía ser más clara, pero eso no significaba que ellos comprendieran lo que estaban diciendo.

Era obvio que la inteligencia consistía en un conocimiento profundo de las posibilidades de la imaginación y en una habilidad semejante para la navegación de estados mentales y emocionales. La exploración se llevó a cabo mediante el envío de mensajes telepáticos analógicos, es decir, relaciones simbólicas que podían intuirse con relativa facilidad en los contextos adecuados. Enviaron mensajes en todos los tipos de lenguaje y en todas las formas de expresión conocidas; enviaron mensajes a todas las épocas, calculando cada momento específico mediante la posición y la composición de los astros. Nada. Frustrados ante lo que parecía una incuestionable soledad cósmica, se preguntaron si eran acaso un accidente en la elegante poesía de la existencia, y de ser así, por qué los poderes superiores habrían permitido una disonancia tan cruel. ¿Era La Creación obra de unos bromistas inescrupulosos?

Un sabio de reputación mancillada propuso una conjetura según la cual otras inteligencias en el universo podían ser formas de vida diferentes o incluso (¡blasfemia!) tener nociones de inteligencia distintas de las de aquel planeta. Habiendo probado ya todo lo aceptable y lo razonable, los parámetros de búsqueda fueron redefinidos pensando en las otras formas de vida concebibles a partir de las características del universo. Para esto fueron muy útiles los saberes menores, usualmente subestimados, tales como el estudio de la materia y sus mecánicas. Hubo que rediseñar los mensajes para hacer posible su percepción por inteligencias primitivas e incluso enviarlos por medios materiales, conscientes de la probabilidad casi nula de recepción dadas las distancias y los enigmas aún reservados por el espacio interplanetario.

Fue así como dieron con una roca acuosa cuya inteligencia “superior” eran unas extrañas criaturas que concebían la vida como exclusivamente material y juzgaban la inteligencia inmaterial como la idea más estúpida concebible (si es que podía siquiera calificarse de “idea”). No era de extrañar que estuviesen atascados en su sistema planetario, habiendo explorado apenas el satélite más cercano del vecindario y haciendo esfuerzos incalculables para visitar el siguiente planeta contando desde su estrella central. En cuanto al viaje en el tiempo estaban atrapados en una paradoja teórica irresoluble, por la misma terquedad de creer posibles únicamente los viajes en el espacio material. Una visita reveló que habían recibido más mensajes telepáticos que ninguna otra criatura en el universo. De hecho, todas sus historias estaban tejidas en torno a estos mensajes, pero ellos seguían convencidos de que no había otras formas de vida inteligente y los afligía la soledad cósmica. Se preguntaban si acaso en el azar, armonioso y justo como la máquina más perfecta, había lugar para imprecisiones inútiles.

Los viajeros del tiempo se fueron sin decir nada. No hubo júbilo ni jolgorio por el hallazgo que confirmaba sus ancestrales sospechas. En cambio, los invadió una melancólica perplejidad: también esas patéticas criaturas concebían su forma de vida como el pináculo de la inteligencia en el cosmos.

800 857 El Puente de Octarina
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